La España que ayuda sin preguntar a quién votas

En 30 segundos. La ayuda vecinal tras el accidente ferroviario de Toledo muestra una disposición a colaborar que merece más espacio en nuestra política. Comparto una aspiración: unirnos alrededor de la paz, la educación, la salud y una vida digna, con libertad para discutir, pactar y cambiar de opinión.
Atalaya del director · Óscar Fuente
Los vecinos llevaron agua y ofrecieron sus coches para trasladar a los afectados. Algunas personas ayudaron a quienes habían salido de los trenes; otras buscaron información para familiares que esperaban noticias. En Urda y en los pueblos cercanos, la vida cotidiana quedó interrumpida por la necesidad de ayudar tras el accidente ferroviario del 28 de octubre de 2026. Los testimonios recogidos sobre el terreno por RTVE cuentan esa movilización junto al trabajo de los servicios de emergencia.
Me conmueve esa España. La de quienes dejan lo que estaban haciendo porque otra persona los necesita. La del vecino que pone su tiempo, su coche o sus manos a disposición de alguien a quien jamás había visto.
En esos gestos, la afiliación política carece de utilidad. Da igual que la persona que necesita ayuda vote a la derecha o a la izquierda, viva en Madrid o en Barcelona, se sienta catalana, vasca, española o todo ello a la vez. Hay una urgencia concreta y alguien dispuesto a responder.
Me gustaría que esa disposición tuviera más espacio cuando regresamos a la vida ordinaria. Cuando volvemos a discutir sobre los impuestos, la escuela, la vivienda o el futuro de nuestros hijos.
Lo que queremos para nuestra vida
Creo que compartimos muchas más aspiraciones de las que sugiere nuestra conversación pública. Vivir en paz. Tener una casa digna. Recibir atención cuando enfermamos. Que nuestros hijos aprendan y puedan construir una vida propia. Cuidar de nuestra familia, sea cual sea su forma. Trabajar sin que el trabajo nos consuma por completo.
Las diferencias aparecen al decidir cómo conseguirlo. Cuánto debemos aportar, cómo se distribuyen los recursos, qué corresponde a la Administración y qué podemos resolver por nuestra cuenta. Son discusiones importantes: afectan a nuestro dinero, a nuestras oportunidades y a nuestros derechos. Precisamente por eso merecen algo mejor que una pelea entre identidades.
Una pareja que busca vivienda en Barcelona y otra que la busca en Madrid pueden votar a partidos opuestos y tener dificultades muy parecidas. Una familia preocupada por la atención que recibe su padre enfermo necesita una respuesta que pueda comprobar. El color del gobierno sirve de poco cuando la cita sigue sin llegar.
Compartir una necesidad ofrece un punto desde el que empezar a hablar. Después habrá que discutir las soluciones, sus costes y sus consecuencias. Ahí está el trabajo político que espero de quienes nos representan.
El rendimiento político del enemigo
La división ofrece una ventaja a quien sabe explotarla: permite sustituir la evaluación de su gestión por el miedo a la alternativa.
Cuando el adversario se convierte en una amenaza absoluta, al propio dirigente se le perdona casi cualquier cosa. Sus errores quedan en segundo plano porque hay que impedir que gobiernen los otros. Incluso pedirle explicaciones puede presentarse como una deslealtad.
Ese mecanismo me preocupa más que la existencia de partidos de izquierdas o de derechas. Las ideas permiten ordenar prioridades y defender intereses. El problema comienza cuando la pertenencia exige dejar de pensar por cuenta propia.
Madrid contra Barcelona. Catalanes contra españoles, como si fueran categorías necesariamente excluyentes. Vascos convertidos en un bloque uniforme. Millones de personas reducidas a una etiqueta y una intención supuesta.
También hemos convertido palabras con una historia concreta en insultos de uso diario. «Fascista», «rojo», «anarquista», «nacionalista»: a menudo se lanzan para cerrar una conversación antes de escuchar lo que alguien está defendiendo. Hay ideas que merecen una oposición firme, especialmente las que atacan derechos y libertades. Identificarlas exige precisión; repartir etiquetas indiscriminadamente acaba vaciándolas de significado.
Quiero poder discutir una propuesta sin tener que aceptar antes todo el programa de quien la presenta. Y reconocer un acierto de un adversario sin que eso me obligue a cambiar de bando.
Suárez y la capacidad de pactar
Cuando pienso en Adolfo Suárez, me interesa especialmente su disposición a negociar con personas que venían de posiciones muy alejadas. Los Pactos de la Moncloa reunieron al Gobierno y a fuerzas políticas distintas alrededor de compromisos económicos y políticos. El Congreso respaldó el acuerdo económico el 27 de octubre de 1977 con un solo voto en contra, como recuerda su reseña del trigésimo aniversario.
Aquel trabajo tuvo muchos protagonistas. Recordarlo únicamente a través de un presidente dejaría fuera a quienes aceptaron sentarse, negociar y asumir costes ante los suyos.
Eso es lo que me interesa recuperar: la capacidad de llegar a un acuerdo con alguien a quien sigues considerando un adversario. Admitir que tiene una parte de razón. Aceptar que tu propuesta puede mejorar con una aportación ajena. Explicar a quienes te votaron por qué has cedido y qué se ha conseguido a cambio.
Echo de menos esa exigencia también entre nosotros. Castigamos la rectificación con demasiada facilidad. Si queremos representantes capaces de escuchar, tendremos que permitirles cambiar de posición cuando aparezcan mejores argumentos o cuando los resultados demuestren que se equivocaron.
Un dirigente debería poder decir «esto no ha funcionado» y explicar cómo piensa corregirlo. Me parece mucho más fiable que quien dedica toda su energía a defender una decisión fallida para conservar una apariencia de firmeza.
Una tercera vía con contenido
Sí, creo que hace falta algo nuevo. Una tercera vía abierta a personas de procedencias distintas, con acuerdos concretos y capacidad de exigir resultados.
Ponerle otro nombre a un partido sería insuficiente. También lo sería situarse siempre a medio camino entre dos propuestas: una decisión puede estar mejor fundamentada que otra y merecer nuestro apoyo completo. Lo decisivo es poder examinarla sin obedecer automáticamente a una identidad política.
Imagino un espacio donde se pueda acordar una política educativa duradera y discutir con seriedad qué deben aprender los alumnos, cómo apoyar a los docentes y cómo comprobar los resultados. Donde un pacto sobre vivienda detalle qué se va a hacer, quién lo paga y cuándo debería empezar a mejorar el acceso. Donde la sanidad se evalúe también por la atención que recibe el paciente y por las condiciones en las que trabajan sus profesionales.
Los acuerdos tendrían que ser públicos, con responsables y plazos. Y estar abiertos a revisión. La palabra «consenso» pierde valor cuando encubre un reparto de cargos o sirve para proteger decisiones del escrutinio.
Esa alternativa debería permitir conservar las propias convicciones, la lengua, los afectos y el sentimiento de pertenencia. La convivencia exige espacio para todo eso. Nadie tendría que demostrar que se parece a mí para que yo acepte sus derechos o me interese por sus problemas.
También tendría que soportar el desacuerdo. Una comunidad política madura puede discutir con intensidad y seguir trabajando al día siguiente. La unanimidad permanente sería una mala señal.
Unirnos después de la emergencia
La ayuda prestada en Toledo tiene un valor concreto para quienes la recibieron. Ahora corresponde acompañar a las víctimas y a sus familias, esclarecer lo ocurrido y exigir las responsabilidades que se determinen. La solidaridad ciudadana y la obligación de rendir cuentas pueden avanzar juntas.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado que hace falta una desgracia o un enemigo común para que los españoles nos pongamos de acuerdo. Quiero creer que también podemos unirnos para construir una vida mejor. Las necesidades que compartimos son motivo suficiente.
Ahora es el momento de dar continuidad a esa disposición que hemos visto en Toledo. Dejar de premiar a quienes necesitan enfrentarnos para conservar nuestra lealtad. Retirarles el apoyo cuando convierten al vecino en una amenaza y acercarnos a quienes demuestran, con decisiones y acuerdos, que quieren paz, prosperidad y progreso compartido.
Eso exige algo de nosotros. Escuchar hasta el final. Reconocer una buena propuesta aunque venga de alguien a quien nunca hemos votado. Aceptar una corrección. Ceder en algo para conseguir un acuerdo que mejore la vida de muchos. Podemos seguir sintiéndonos españoles, catalanes, vascos, de izquierdas o de derechas y asumir esas obligaciones comunes.
Quiero poder confiar en que quienes se sientan a negociar están pensando en las personas que esperan una solución, también en las que jamás les darán su voto. Y quiero poder exigirles explicaciones aunque sean los míos.
En Toledo hubo vecinos que dejaron lo que estaban haciendo para ayudar a desconocidos. Me gustaría que esa generosidad encontrara continuidad en nuestra vida pública. Que pudiéramos reconocernos también cuando haya pasado la emergencia y vuelva a ser el momento de decidir juntos cómo queremos vivir.