Cervantes, sor Juana, Galdós, Gabriela Mistral, García Márquez. Puedes reunirlos en una biblioteca sin pedirles que compartan bandera. Se contradicen, pertenecen a épocas distintas y escriben desde sociedades que apenas reconocerían las nuestras. Sin embargo, conversan. Quien los lee participa en una comunidad que ningún Gobierno ha conseguido administrar por completo. Esa conversación merece una celebración.
Cada 12 de octubre parecemos obligados a escoger entre el entusiasmo sin memoria y el reproche sin horizonte. El inventario de las glorias compite con el registro de los agravios, como si de aquel pleito debiera salir una sentencia válida para todos los siglos. Hay quien celebra un imperio que no conoció y quien exige responsabilidades personales a ciudadanos que llegaron cinco siglos tarde. Entretanto, millones de personas estudian, trabajan, investigan y se enamoran en una lengua compartida, bastante ocupadas en vivir como para someter cada conversación a un plebiscito sobre Colón.
Me interesa una hispanidad capaz de hacerse cargo de su historia y emplear su herencia en algo que mejore la vida de quienes la comparten. La educación ofrece un propósito concreto. Compartir conocimientos y recursos entre nuestras sociedades puede ampliar las oportunidades de estudiantes cuyo futuro sigue dependiendo demasiado del lugar y la familia en que nacieron.
La conquista y sus críticos
América tenía pueblos, conocimientos, instituciones y conflictos antes de la llegada europea. La conquista y la colonización trajeron guerras, sometimiento, explotación y transformaciones profundas. En Nueva España, las epidemias desempeñaron un papel fundamental en el desplome de la población indígena, un proceso que aborda la conferencia El impacto demográfico y ambiental de la Conquista, recogida por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Comprender lo sucedido exige distinguir territorios, periodos y causas, sin extender automáticamente una explicación a todo el continente.
También hubo instituciones educativas, creación cultural, intercambios de conocimientos y sociedades nuevas. Las poblaciones indígenas y afrodescendientes participaron en su formación, muchas veces bajo condiciones impuestas, pero con iniciativa, resistencia y capacidad creadora propias. Contar América como una obra ejecutada exclusivamente por europeos vuelve a dejar fuera a buena parte de sus protagonistas.
Reconocer aquellas aportaciones culturales no compensa la violencia ni obliga a silenciarla. Podemos estudiar el valor de una institución y los abusos de la sociedad en que nació sin convertir la historia en una contabilidad cuyo saldo deba favorecer a nuestro equipo.
La perspectiva del tiempo importa. Los hombres y las mujeres del siglo XVI habitaban un mundo de monarquías dinásticas, jerarquías religiosas y desigualdades jurídicas muy distinto del nuestro. Para comprender sus decisiones hay que conocer qué consideraban legítimo, qué intereses defendían y qué alternativas podían concebir. Leerlos como si hubieran recibido nuestra educación y conocido nuestras instituciones produce juicios rápidos y explicaciones pobres.
Ahora bien, la frase «eran otros tiempos» tampoco concede una absolución universal. En aquellos tiempos hubo discrepancias. En 1511, Antonio de Montesinos denunció en Santo Domingo la encomienda y la esclavitud de los indígenas. Su protesta recuerda que los abusos podían reconocerse y combatirse dentro de las categorías morales de la propia época.
Ese desacuerdo también forma parte de la herencia hispánica. Conviene estudiarlo sin utilizar al fraile como certificado de inocencia del sistema que denunciaba. La existencia de esa crítica permite comprender mejor aquella sociedad y las posibilidades de oposición que surgieron en su seno.
Una lengua de muchos dueños
Según el Anuario 2025 del Instituto Cervantes, la comunidad de hablantes potenciales de español supera los 630 millones de personas, de las cuales unos 520 millones tienen dominio nativo. El conjunto incluye también a quienes poseen una competencia limitada y a quienes aprenden la lengua. Son categorías distintas, que conviene respetar antes de convertir los números en una fanfarria.
Su importancia se entiende mejor al pensar en lo que permiten. Una profesora de Bogotá puede compartir una explicación con un estudiante de Sevilla. Un equipo de investigación mexicano puede discutir sus resultados con colegas argentinos y una emprendedora peruana puede adaptar una experiencia española a las necesidades de su negocio. Compartir idioma reduce una barrera; aprovecharlo requiere recursos y voluntad de colaboración.
España participa en esta comunidad con una aportación relevante y con el deber de escuchar. Resultaría extraño celebrar la dimensión internacional del español y comportarse después como si sus hablantes americanos fueran invitados en una casa ajena. La lengua pertenece también a quienes la han ensanchado con sus acentos, sus libros, sus experiencias y sus palabras.
Me parece una herencia más fecunda que cualquier fantasía de restauración imperial. Permite sentir orgullo y mantener una conversación incluso cuando existe un desacuerdo profundo. Una comunidad adulta puede discutir sobre su origen sin tener que romper todas sus relaciones.
La educación da contenido a la unión
La historia universitaria ofrece un ejemplo de esa herencia compleja. La Universidad de México recibió su cédula de creación en 1551 y comenzó su actividad en 1553, según documenta la UNAM. Es un hecho importante para comprender la implantación de instituciones educativas durante el periodo colonial. Convertirlo en prueba de que toda aquella sociedad fue justa sería tan poco riguroso como ocultarlo porque incomoda a una interpretación previa.
Además, las universidades actuales deben mucho a las generaciones que las reformaron y ampliaron después. La educación pública, la autonomía, la investigación y el acceso de grupos antes excluidos son conquistas históricas que merecen atención propia. Celebrar una fundación antigua resulta bastante sencillo; sostener una buena universidad exige presupuestos, profesores y libertad.
Ahí debería concentrarse una parte sustancial de nuestra ambición común. Podríamos impulsar bibliotecas educativas abiertas, materiales elaborados por equipos de varios países y programas de movilidad al alcance de estudiantes que hoy no pueden pagarlos. Las becas deberían cubrir los costes reales de estudiar fuera, y la colaboración digital tendría que servir también a quienes no pueden desplazarse.
El reconocimiento de estudios merece procedimientos comprensibles y plazos razonables, con garantías académicas. La calidad debe comprobarse, especialmente cuando una titulación habilita para ejercer una profesión. Pero comprobarla requiere criterios claros: un expediente no debería convertirse en un lugar donde el conocimiento de una persona queda suspendido indefinidamente.
Las instituciones educativas tenemos una responsabilidad adicional. Hablar de comunidad mientras tratamos América Latina únicamente como un mercado de captación resulta una forma bastante pobre de entenderla. Colaborar exige incorporar a sus docentes e investigadores al diseño de los programas y a la elección de los problemas que merece la pena estudiar. Su participación debería darles capacidad de decisión, además de presencia en un folleto.
La reciprocidad se concreta en los acuerdos. Importa quién dirige una investigación y cómo se reconoce el trabajo de cada equipo; también quién recibe financiación, dispone de los resultados y puede proponer cambios. Una institución que concentra las decisiones y los recursos mientras reserva a sus socios la tarea de conseguir alumnos debería revisar el significado de la palabra «alianza».
La transparencia con el estudiante forma parte de esa misma responsabilidad. Antes de matricularse, necesita saber qué entidad expide el título, cuál es su naturaleza y qué reconocimiento tiene en el país donde pretende utilizarlo. Si ese reconocimiento depende de un procedimiento posterior, deben explicarse sus condiciones y límites. La expresión «título internacional» resulta insuficiente para quien está decidiendo dónde invertir sus ahorros y varios meses de trabajo.
Adaptar un programa a países distintos requiere conocer sus entornos profesionales y escuchar a quienes trabajan en ellos. Una escuela española tiene tanto derecho a enseñar como obligación de aprender. La colaboración se vuelve creíble cuando esa disposición modifica el contenido, el reparto de recursos o una decisión que ya parecía tomada.
Aprender sin borrar otras lenguas
El español comparte territorio y biografías con el quechua, el guaraní, el náhuatl, el aimara y muchas otras lenguas americanas; también con el catalán, el gallego y el euskera en España. Una celebración generosa debería reconocer esa convivencia y sus conflictos. La capacidad de comunicarnos en una lengua común no requiere considerar prescindibles las demás.
La UNESCO defiende la educación multilingüe y subraya la importancia de aprender en una lengua que el estudiante comprenda. Entender lo que explica el profesor condiciona la posibilidad de participar, leer y avanzar. Esa consideración debe llegar a los materiales educativos y a la formación docente para que el reconocimiento de la diversidad tenga consecuencias en el aula.
Una comunidad hispana segura de sí misma debería contribuir a ese esfuerzo. El español puede ampliar oportunidades y facilitar intercambios sin exigir que una niña renuncie al idioma de sus abuelos. La pertenencia admite varias capas. Muchos ciudadanos viven así cada día, con más naturalidad que quienes pretenden repartirles identidades incompatibles desde una tribuna.
El 13 de octubre también cuenta
No todas las personas sienten lo mismo ante el 12 de octubre. La memoria familiar, el país, la experiencia de discriminación o el modo en que se aprendió la historia influyen en esa relación. Una propuesta de unión que empiece obligando a todos a celebrar de la misma manera habrá entendido muy poco de la unión.
Se puede compartir un futuro sin acordar cada interpretación del pasado. Para ello hacen falta conocimientos que permitan discutir con rigor y cierta disposición a reconocer lo que el otro aporta. Una escuela que enseñe a contrastar fuentes y revisar una convicción contribuye a una convivencia en la que el desacuerdo pueda resolverse sin convertir al vecino en enemigo.
Yo celebro poder leer a un autor de otro continente sin sentirlo extranjero en cada frase. En una clase que reúne experiencias de varios países encuentro una razón para cuidar esa herencia y seguir ampliándola. Quienes están aprendiendo hoy merecen algo más que recibir nuestras querellas cuidadosamente embaladas. Que el 13 de octubre encuentren una biblioteca más accesible, una beca posible o una puerta abierta para continuar sus estudios.
