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El oscuro negocio de los títulos universitarios: cuando las universidades se prostituyen por dinero

Óscar Fuente Castrillejo by Óscar Fuente Castrillejo
25/09/2026
in Artículo, Universidades
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Hay academias que crean el curso, buscan a los profesores, captan a los alumnos y dan las clases. Después llega una universidad y el programa adquiere algo que hasta entonces no tenía: una credencial universitaria. Hemos seguido el dinero y los acuerdos que sostienen este mercado. Ahora queremos saber cuánto rigor académico acompaña realmente al sello.

Supongamos que tienes una academia. Llevas años dando cursos, cuentas con buenos profesores y has conseguido una comunidad razonable de alumnos. Te falta algo. Tus competidores ofrecen títulos universitarios y tú entregas un diploma con el nombre de tu empresa.

No hace falta que conviertas tu academia en una universidad. Puedes buscar una que certifique tus cursos. Existe un mercado para hacerlo.

Iberestudios lleva meses investigándolo y en algunos casos ni siquiera ha hecho falta escarbar demasiado. Hay organizaciones que ofrecen abiertamente certificación universitaria a quienes ya tienen una formación creada. También hemos encontrado universidades que publican las tarifas que cobran a centros externos y cuentas de universidades públicas donde figura el porcentaje aplicado sobre la matrícula de programas impartidos con entidades colaboradoras.

Mucho más difícil resulta averiguar qué hace exactamente la universidad antes de poner su nombre en el título.

Indice de contenidos:

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  • Ya tienes el curso. Ahora te falta la universidad
  • Las universidades llevan mucho tiempo cobrando por esto
  • Una factura con dos conceptos: control académico y marca
  • Lo interesante empieza cuando buscamos el control
  • Sesenta ECTS en ocho meses
  • El alumno ve una universidad
  • Cuando la universidad llega después del curso
  • El triste negocio
    • ¡Compártelo!

Ya tienes el curso. Ahora te falta la universidad

Center of Education and Leadership (CEL) y Certificaciones US permiten observar el negocio con una claridad poco frecuente. Su oferta se dirige, entre otros, a infoproductores, mentores, educadores y organizaciones que disponen de formación y quieren dotarla de certificación universitaria. Florida Global University aparece como institución universitaria vinculada a ese proceso.

El orden de los factores resulta revelador. No estamos ante una universidad que diseña una titulación y busca después especialistas capaces de impartirla. El posible cliente puede llegar con el producto educativo ya creado y buscar quién lo certifique.

La propuesta comercial explica también las ventajas de hacerlo. Una certificación universitaria aporta autoridad, diferencia el producto y puede aumentar su valor percibido. Dicho de una manera menos elegante: el mismo curso vale más cuando una universidad aparece detrás.

CEL describe un procedimiento de solicitud, presentación del programa y evaluación antes de obtener la certificación. Por tanto, la existencia de una oferta comercial no permite concluir por sí sola que se certifique cualquier cosa que llegue acompañada de una transferencia bancaria. Lo que sí demuestra, y esto ya resulta suficientemente interesante, es que el respaldo universitario se ha convertido en un servicio que puede contratar quien ya vende formación.

También te puede interesar: FGU, CEL y Certificaciones US: cuando la certificación universitaria se vende como servicio

En aquella investigación seguimos correos, páginas comerciales, mensajes y materiales destinados precisamente a ese cliente. Vista desde ahí, la relación pierde buena parte de la solemnidad que adquiere después cuando llega al alumno.

Una empresa tiene cursos. Otra organización puede ayudarla a conseguir certificación universitaria. Se estudian las condiciones y, si el proceso prospera, aquella formación puede presentarse de otra manera en el mercado.

Hay un producto educativo antes de la universidad y otro comercialmente más poderoso después.

Las universidades llevan mucho tiempo cobrando por esto

Sería injusto atribuir el invento a las nuevas academias digitales. La colaboración entre universidades y entidades externas tiene muchos años y, bien hecha, resulta perfectamente razonable. Una facultad no puede reunir dentro de su plantilla a todos los profesionales capaces de enseñar materias especializadas, y la formación permanente perdería buena parte de su sentido si se encerrase dentro del campus.

La Universidad Rey Juan Carlos permite comprobar, además, que detrás de estas colaboraciones había una actividad económica perfectamente identificable.

En sus cuentas anuales de 2019, la URJC explica las medidas adoptadas para reorganizar el Centro Integral de Formación Permanente, el CIFP. Entre ellas figura un nuevo procedimiento de facturación a las entidades colaboradoras por la expedición de títulos y la aplicación de una tasa lineal del 10 % sobre el precio de matrícula.

La cifra merece detenerse un momento. No hablamos únicamente del coste administrativo de imprimir un diploma. El ingreso de la universidad quedaba ligado al precio de la formación: si aumentaba la matrícula, aumentaba también la cantidad correspondiente al porcentaje.

Las mismas cuentas sitúan la cifra de negocio del CIFP durante aquel ejercicio en 456.466,31 euros y describen distintas medidas administrativas adoptadas para ordenar su funcionamiento.

Todo esto pertenece a la contabilidad oficial de una universidad pública. No demuestra que los programas carecieran de control académico. Demuestra algo bastante más elemental: certificar y gestionar formación impartida en colaboración con terceros generaba ingresos y existía un procedimiento para cobrarlos.

El BIS que publicaremos sobre la URJC entrará precisamente ahí: qué hacían las entidades colaboradoras, qué hacía la universidad, cómo se justificaban los títulos y qué controles sobrevivían entre el comienzo del curso y la expedición del diploma.

Una factura con dos conceptos: control académico y marca

La Universitat Pompeu Fabra proporciona una referencia especialmente útil porque ha encontrado una expresión difícil de mejorar.

En las tarifas aprobadas para determinados másteres de formación permanente impartidos por centros adscritos aparece el concepto «control acadèmic i marca». Para el curso 2026-2027, el importe establecido para másteres de 60, 90 y 120 ECTS es de 6.000 euros por titulación y año.

No hemos encontrado nada que permita utilizar a la UPF como ejemplo de falta de rigor y no tendría sentido insinuarlo. Su documentación sirve por otra razón: reconoce con bastante naturalidad los dos activos que una universidad aporta a estas relaciones.

El control académico cuesta dinero. La marca también vale dinero.

La distinción importa porque tendemos a tratarlos como si fueran la misma cosa. No lo son. El primero consiste en comprobar que una formación merece el reconocimiento académico que recibe. La segunda es el prestigio acumulado por una institución y la confianza que provoca su nombre cuando aparece junto al de una escuela.

Para una academia, esa confianza tiene un valor comercial considerable. Si no lo tuviera, nadie pagaría por incorporarla a su producto.

Lo interesante empieza cuando buscamos el control

Una universidad que supervisa seriamente un programa impartido por terceros tiene mucho trabajo por delante. Debe saber qué se enseña, quién lo enseña y con qué preparación; tiene que conocer la carga exigida al estudiante y disponer de mecanismos para comprobar que las evaluaciones corresponden con los resultados de aprendizaje aprobados. Si concede créditos, esos créditos han de representar trabajo real. Si expide un título, alguien debe responder de que el alumno ha cumplido las condiciones necesarias para obtenerlo.

Todo ello deja papeles. Memorias académicas, expedientes, actas, profesores validados, criterios de evaluación, controles de identidad, revisiones y auditorías no son precisamente materiales seductores para una campaña publicitaria, pero permiten distinguir una supervisión universitaria de un trámite administrativo.

La situación se vuelve delicada cuando la entidad que necesita ser supervisada es también quien trae los alumnos y genera los ingresos. Una escuela quiere matricular. La universidad participa económicamente en esas matrículas. Suspender una colaboración rentable tiene un coste para las dos partes.

Para eso sirven los controles académicos: para que el interés económico no decida qué merece un título.

Sesenta ECTS en ocho meses

Western Europe University y Learning Heroes nos ofrecen un caso contemporáneo que merece ser estudiado con bastante detenimiento.

Western es una universidad privada reconocida en Andorra. Conviene dejarlo claro porque alrededor de este tipo de investigaciones resulta muy fácil convertir una historia interesante en una caricatura. La institución existe dentro del sistema universitario andorrano y AQUA ha evaluado sus titulaciones oficiales. En septiembre de 2026, además, emitió una evaluación favorable del plan de estudios de su grado en Informática, después de una evaluación desfavorable anterior.

Learning Heroes, por su parte, comercializa IA Heroes Pro, una formación de ocho meses que Western incorpora a su catálogo como programa universitario de 60 ECTS y título propio.

La combinación merece algo más que copiar la página de ventas.

Sesenta ECTS representan una carga de trabajo académico considerable. Queremos reconstruir cómo se han calculado en este programa, qué actividades los componen, quién aprobó la memoria, qué requisitos se exigieron al profesorado, quién evalúa a los estudiantes y qué comprueba Western antes de expedir el título.

La evaluación favorable de AQUA al grado oficial de Informática nos proporciona, además, una comparación muy interesante. Podemos observar qué documentación y qué exigencias acompañan a una titulación sometida a evaluación externa y estudiar después qué controles operan en un título propio ofrecido junto a una academia privada.

No adelantaremos la respuesta. La publicaremos cuando tengamos los documentos y hayamos dado a Western y Learning Heroes ocasión de explicar su parte.

Lo que sí sabemos ya es que la universidad aporta 60 ECTS y una titulación propia a una formación comercializada por un operador externo. Averiguar cuánto trabajo universitario sostiene esa credencial es exactamente el tipo de pregunta que justifica esta investigación.

El alumno ve una universidad

Desde el despacho de quien negocia estos acuerdos las diferencias entre una modalidad y otra pueden resultar evidentes. Para el alumno son bastante menos claras.

El vocabulario de la educación superior se ha convertido en una sopa difícil de descifrar: título oficial, título propio, máster de formación permanente, diploma universitario, microcredencial, certificado, créditos ECTS, aval universitario, reconocimiento internacional. Cada denominación tiene un significado distinto y algunas cambian incluso según el país.

En medio de todo ello aparece algo que cualquiera entiende sin necesidad de conocer la legislación: el nombre de una universidad.

Ese nombre transmite confianza. El estudiante presupone que la institución no lo colocaría allí si no respondiera de alguna manera por lo que se está enseñando. Precisamente esa presunción explica buena parte de su valor.

Por eso resulta insuficiente informar de que una formación «cuenta con titulación universitaria». El alumno debería poder saber, sin convertirse en detective, quién ha diseñado el programa, quién imparte las clases, quién establece y corrige las evaluaciones, qué comprueba directamente la universidad y qué clase de título obtendrá al terminar.

También debería conocer con claridad sus efectos. Un título propio puede ser una formación magnífica y, al mismo tiempo, no tener los mismos efectos académicos o administrativos que una titulación oficial. Confundir calidad con oficialidad no ayuda a nadie; aprovechar comercialmente esa confusión es otra cosa.

Cuando la universidad llega después del curso

La formación permanente nació para proporcionar flexibilidad a unas instituciones que, por naturaleza, se mueven despacio. Gracias a ella pueden colaborar con profesionales, empresas y especialistas capaces de enseñar conocimientos que todavía no han encontrado sitio en una carrera oficial. Renunciar a esa fórmula sería absurdo.

Pero hemos empezado a encontrar el recorrido inverso. Primero existe el producto educativo. Después se busca una universidad capaz de respaldarlo.

FGU y CEL lo muestran de manera particularmente descarnada porque ofrecen certificación a quienes ya poseen formación. Las cuentas de la URJC demuestran que las relaciones con entidades colaboradoras podían remunerarse mediante un porcentaje de la matrícula. La UPF pone por escrito los dos componentes económicos que estamos siguiendo, «control académico y marca». Western y Learning Heroes nos permitirán comprobar ahora cómo se traducen 60 ECTS y un título propio en trabajo académico efectivo.

Ninguno de estos casos, por separado, permite afirmar que toda la formación universitaria impartida con terceros sea un negocio vacío. Juntos sí permiten describir un mercado que merece bastante más vigilancia de la que recibe.

El triste negocio

El negocio no consiste simplemente en imprimir diplomas. Una impresora es barata y cualquiera puede diseñar un certificado convincente.

Lo valioso es la autoridad para firmarlo.

Una universidad ha tardado años en construirla. Procede de sus profesores, de la investigación, de las generaciones de alumnos que han pasado por ella, de las evaluaciones que ha superado y, en el caso de las públicas, también de una enorme inversión de la sociedad que las sostiene. Cuando una institución presta esa autoridad a un tercero, no está cediendo un logotipo: está poniendo en juego la confianza acumulada detrás de su nombre.

Cobrar por supervisar formación externa es razonable. Cobrar por la marca también puede serlo, siempre que sepamos qué significa y qué responsabilidades conserva quien la presta.

Lo que sería bastante más difícil de defender es otra cosa: que el dinero y el sello estuvieran perfectamente documentados mientras el control académico se redujera al papeleo imprescindible para expedir el título.

Hemos encontrado el mercado, las tarifas y a quienes ofrecen la certificación. En los próximos artículos vamos a entrar en los convenios, los expedientes y las evaluaciones para comprobar qué queda detrás del sello cuando se aparta el marketing.

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