León XIV: el papa estadounidense que mira de frente al poder de la IA
La encíclica Magnifica humanitas lleva el debate tecnológico al terreno del poder, el trabajo y la educación. Su lectura merece atención también fuera de la Iglesia.
León XIV sitúa la dignidad humana en el centro de la transformación tecnológica. Su propuesta obliga a examinar quién toma las decisiones, cómo se distribuyen los beneficios y qué capacidades necesitamos conservar. Para empresas y centros educativos, abre una pregunta incómoda: ¿qué estamos llamando progreso?
Robert Francis Prevost nació en Chicago, se graduó en Matemáticas en la Universidad de Villanova y pasó años de su vida como misionero en Perú. Esa trayectoria reúne la formación científica y la experiencia de comunidades alejadas de los centros del poder tecnológico. Es un punto de partida sugerente para leer al primer papa estadounidense cuando habla de inteligencia artificial.
En Magnifica humanitas, León XIV plantea que el desarrollo tecnológico debe juzgarse por sus consecuencias sobre las personas. Examina la concentración del poder digital y la responsabilidad de quienes diseñan y utilizan sistemas capaces de condicionar nuestras oportunidades. La encíclica tiene una raíz cristiana explícita y aborda cuestiones que atraviesan cualquier sociedad: quién decide, a quién beneficia una innovación y quién responde cuando causa daño.
Leerla como una intervención en el debate público permite apreciar su alcance. Las empresas tecnológicas tienen una enorme capacidad para explicar lo que sus productos podrán hacer. A los ciudadanos nos corresponde discutir qué queremos hacer con ellos.
De la fábrica al algoritmo
La elección del nombre de León XIV ya contenía una declaración de intenciones. El 10 de mayo de 2025, ante el Colegio Cardenalicio, Prevost vinculó su decisión con León XIII y con Rerum novarum, la encíclica que abordó la cuestión obrera en 1891. Presentó la inteligencia artificial como parte de otra revolución industrial, con desafíos para la dignidad, la justicia y el trabajo.
La comparación tiene recorrido. Una transformación productiva cambia también las relaciones entre quienes poseen los medios, quienes trabajan y quienes necesitan acceder a sus beneficios. Hoy, junto a la propiedad de fábricas y máquinas, cuentan el control de los datos, las infraestructuras digitales y los sistemas que ordenan lo que vemos.
Desde esa perspectiva, medir el progreso exige ampliar la cuenta. Ahorrar horas es valioso. También lo es saber qué sucede con esas horas, cómo mejora el trabajo y quién participa del valor creado.
Una empresa puede utilizar la IA para liberar a sus profesionales de tareas repetitivas, darles mejores herramientas y ampliar su autonomía. Puede emplearla también para intensificar la vigilancia y exigir más producción con menos recursos. La decisión empresarial da dirección a la tecnología.
El poder también está en lo que aceptamos como inevitable
La lectura de la encíclica que ofrece Vatican News destaca precisamente esa tensión: orientar la IA al servicio de la humanidad frente a su utilización en beneficio de unos pocos. La distribución del poder ocupa así un lugar central en la discusión sobre el futuro tecnológico.
Mi lectura es que ahí está una de sus aportaciones más actuales. Nos hemos acostumbrado a escuchar que debemos adaptarnos a la IA. Esa adaptación parece a veces una obligación individual: aprender deprisa, cambiar de profesión, producir más, mantenerse empleable.
También las organizaciones tienen que adaptarse a las personas. Necesitamos poder preguntar por qué se utiliza un sistema, qué decisiones se le confían y ante quién podemos reclamar. Una sociedad conserva capacidad de gobierno cuando puede discutir las condiciones de su transformación.
Aceptar cada cambio como inevitable equivale a entregar esa capacidad por adelantado.
La educación tiene que formar a quien utiliza la máquina
Este enfoque resulta especialmente fértil para la educación. En una intervención ante representantes educativos estadounidenses, el 3 de junio de 2026, León XIV abordó las dificultades para evaluar el trabajo de los estudiantes con la expansión de la IA. Defendió que los jóvenes aprendan a relacionarse con estas herramientas mientras desarrollan razonamiento, pensamiento crítico y memoria.
La cuestión toca el corazón de la enseñanza. Si un alumno entrega una respuesta excelente, necesitamos saber qué comprende, cómo ha llegado hasta ella y si puede defenderla. La calidad del resultado y el aprendizaje de quien lo presenta son dos cosas que debemos evaluar.
Eso exige revisar ejercicios, conversaciones en el aula y formas de evaluación. También exige preparar al profesorado y darle tiempo para hacerlo bien.
Podemos imaginar una brecha educativa entre quienes aprendan a formular problemas, contrastar respuestas y tomar decisiones, y quienes se acostumbren a aceptar soluciones que apenas entienden. La responsabilidad de una institución educativa consiste en trabajar para que sus alumnos estén en el primer grupo.
Aprender a dirigir el progreso
Hay algo valioso en que una institución de tradición milenaria dedique su atención a una tecnología que está reorganizando el presente. Su perspectiva introduce una escala de tiempo distinta: obliga a pensar en las personas que formamos, las relaciones que construimos y las responsabilidades que dejamos a la siguiente generación.
El interés de León XIV para este debate está en esa amplitud de mirada. Un avance técnico puede ser extraordinario y, aun así, requerir decisiones difíciles sobre su uso.
La IA nos permitirá hacer muchas más cosas. Decidir cuáles merecen hacerse, bajo qué condiciones y al servicio de quién seguirá siendo una tarea humana. Y una tarea que conviene aprender.