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Si el problema es que el mar se calienta, ¿por qué no enfriarlo?

Óscar Fuente Castrillejo by Óscar Fuente Castrillejo
20/10/2026
in Artículo, Educación y Ciencia, Ingeniería, Industria y Robótica
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Ilustración conceptual de una plataforma conectada con aguas profundas para explorar el enfriamiento del mar.

En 30 segundos: Disponemos de energía nuclear, máquinas frigoríficas y tecnologías que aprovechan las olas o la diferencia de temperatura entre aguas superficiales y profundas. Combinarlas para enfriar zonas del mar merecería ser investigado por ser una posible solución al cambio del clima. La dificultad está en mover cantidades enormes de calor, encontrar dónde descargarlas y conseguir el efecto buscado sobre tormentas y ecosistemas.

Vemos inundaciones en el Mediterráneo, huracanes en el Caribe y playas sepultadas bajo el sargazo. Escuchamos hablar de temperaturas marinas extraordinarias y de la energía que acumula el agua. Y surge una idea bastante elemental: si el calentamiento del mar interviene en algunos de esos problemas, deberíamos estudiar cómo enfriarlo.

Refrigeramos hospitales, conservamos alimentos durante meses y mantenemos instalaciones industriales dentro de márgenes térmicos muy exigentes. Sabemos trasladar calor. También sabemos producir electricidad a gran escala y construir infraestructuras en el océano. Me interesa explorar hasta dónde podríamos llegar reuniendo esas capacidades, incluidas las que todavía necesitan desarrollo.

La primera dificultad aparece enseguida. Un frigorífico tiene paredes. El mar recibe radiación solar, intercambia calor con la atmósfera y se mueve. Mientras enfriamos una masa de agua, las corrientes pueden llevársela y traer otra más caliente. Cada instalación tendría que trabajar dentro de ese movimiento. La pregunta conserva todo su interés, pero exige empezar a hacer cuentas.

Indice de contenidos:

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  • Cuánto cuesta bajar un grado la temperatura del mar
  • La energía nuclear permite pensar a otra escala
  • Qué papel tendría el hidrógeno
  • Las olas pueden producir energía y mover agua fría
  • Generar electricidad con el calor del océano
  • El sargazo obliga a revisar la primera intuición
  • Huracanes y lluvias torrenciales: la ambición encuentra su mayor obstáculo
  • Investigar una infraestructura térmica para el mar
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Cuánto cuesta bajar un grado la temperatura del mar

Tomemos un kilómetro cuadrado de superficie y los diez primeros metros de profundidad. Son diez millones de metros cúbicos de agua. Con valores aproximados de densidad y calor específico del agua marina, bajar un grado su temperatura exige retirar unos 11,4 gigavatios hora de calor.

Ese calor y la electricidad necesaria para extraerlo son magnitudes distintas. Si imaginamos una máquina frigorífica con un coeficiente de rendimiento de cuatro, retirarlo consumiría aproximadamente 2,85 GWh eléctricos. Estamos suponiendo ese rendimiento para entender la escala; una instalación real tendría que resolver temperaturas de trabajo, bombeo, pérdidas y mantenimiento.

Después llegaría la tarea de conservar el enfriamiento. El agua seguiría recibiendo energía y desplazándose. Extender el proyecto a cien kilómetros cuadrados multiplicaría por cien la primera cuenta, manteniendo la misma profundidad. Actuar sobre capas más profundas volvería a elevarla.

Las cifras son enormes. También permiten dejar de discutir una intuición en abstracto. Podemos calcular qué potencia necesitaríamos, qué volumen trataríamos y durante cuánto tiempo. La posibilidad técnica empieza a tomar forma cuando damos dimensiones al proyecto.

La energía nuclear permite pensar a otra escala

La fisión nuclear ofrece una fuente de electricidad industrial que ya existe. Su aportación a esta hipótesis sería alimentar refrigeración, bombeo e intercambio térmico con una potencia sostenida. La infraestructura marina podría recibir electricidad desde tierra; otras configuraciones necesitarían su propio estudio de ingeniería.

Un gigavatio eléctrico dedicado durante un día a refrigeración, con el rendimiento supuesto anteriormente, permitiría extraer 96 GWh de calor. En nuestra cuenta simplificada equivaldría al enfriamiento inicial de unos 8,5 kilómetros cuadrados hasta diez metros de profundidad en un grado. Aún quedarían por descontar los consumos auxiliares y el calor que regresara a la zona.

Es una cantidad considerable para una intervención marina y pequeña frente a una cuenca. Esa distancia explica por qué una fuente energética potente puede ampliar las posibilidades sin resolverlas por sí sola.

Además, toda refrigeración necesita un lugar al que enviar el calor. La máquina descarga el que extrae y la energía que consume. La central nuclear también genera calor residual. Si ambos acabaran en la misma cuenca, podríamos enfriar un área mientras aumentamos el calor total que recibe esa cuenca. El diseño tendría que explicar el destino de cada descarga y sus efectos.

Por eso una propuesta seria debe dibujar también la parte menos vistosa de la instalación: tuberías, intercambiadores, captaciones y puntos de evacuación. Ahí se decide si estamos protegiendo una zona o trasladando su problema a otra.

Qué papel tendría el hidrógeno

El hidrógeno permitiría almacenar y transportar energía producida en otro lugar o en otro momento. Podría estudiarse para instalaciones alejadas de la red o para cubrir periodos de suministro insuficiente. Su utilidad dependería de la distancia, la autonomía necesaria y las alternativas disponibles.

Producirlo, almacenarlo y volver a obtener electricidad consume parte de la energía inicial. Donde un cable pueda suministrar electricidad de forma fiable, esa cadena necesitaría una justificación adicional. En otros emplazamientos, disponer de combustible almacenado podría aportar una autonomía valiosa.

La comparación interesante sería entre sistemas completos: potencia disponible, coste, fiabilidad, mantenimiento y cantidad de calor que consiguen retirar. El nombre de la tecnología importa menos que lo que permita hacer en el mar.

Las olas pueden producir energía y mover agua fría

La idea de aprovechar el oleaje para enfriar el agua tiene un atractivo especial: utilizar parte de la energía del propio mar para intervenir sobre su temperatura. Un dispositivo undimotriz puede generar electricidad o accionar directamente una bomba. En este segundo caso, el movimiento de las olas impulsa agua desde mayor profundidad.

Hay antecedentes experimentales. Un ensayo publicado en 2010 estudió el bombeo de agua profunda mediante tecnología accionada por el oleaje. Esa línea de trabajo permite pensar en instalaciones cuyo objetivo principal sea transportar agua, además de aquellas destinadas a generar electricidad.

Podríamos imaginar una red de dispositivos que alimentase bombas e intercambiadores, con almacenamiento o apoyo desde tierra. Si se pretendiera vender electricidad y refrigerar simultáneamente, habría que repartir la energía capturada entre ambas tareas. El excedente sería lo que quedase después de mover el agua y atender los consumos del sistema.

El Mediterráneo plantea una dificultad relevante. Un estudio de Nature Geoscience relaciona sus grandes olas de calor marinas estivales con situaciones persistentes de altas presiones y vientos debilitados. Al disminuir el viento, el mar pierde menos calor por evaporación. Una instalación dependiente del oleaje local podría encontrar poco recurso precisamente durante algunos episodios críticos; habría que estudiar esa coincidencia en cada zona.

Esto hace especialmente interesante combinar fuentes. Las olas aportarían energía cuando hubiera recurso; la red, el almacenamiento u otra generación cubrirían las interrupciones. El objetivo sería disponer de capacidad de enfriamiento cuando se necesita.

Generar electricidad con el calor del océano

La energía maremotérmica, conocida como OTEC, aprovecha el contraste entre el agua superficial caliente y el agua profunda fría para producir electricidad. Los sistemas convencionales buscan diferencias de temperatura de alrededor de veinte grados, lo que favorece determinados emplazamientos tropicales.

Una fracción del calor extraído de la corriente caliente se convierte en trabajo; el resto se entrega a la corriente fría. Para obtener electricidad neta, la producción debe superar el consumo de las bombas y del resto de la instalación. El efecto térmico sobre el entorno depende de dónde se capta y dónde se devuelve el agua.

La posibilidad resulta sugerente para el Caribe: estudiar conjuntamente generación eléctrica y efectos sobre la temperatura del agua. El Mediterráneo requeriría una evaluación propia de sus perfiles térmicos y su variación estacional. Una solución diseñada para aguas tropicales no puede trasladarse de cuenca dando por supuesto el mismo rendimiento.

El sargazo obliga a revisar la primera intuición

Al pensar en playas cubiertas de algas, enfriar el agua parece una manera razonable de frenar su crecimiento. La respuesta biológica puede llevarnos en otra dirección.

Un experimento publicado en Phycology en 2023 evaluó tres tipos de sargazo entre 22 y 31 °C. Todos redujeron su crecimiento a 31 °C; Sargassum fluitans III alcanzó su máximo a 28 °C. En esas condiciones experimentales, bajar de 31 a 28 grados acercaría al alga a una temperatura más favorable.

También importa qué agua utilizamos. Elevar agua profunda puede llevar nutrientes a la superficie y estimular la productividad. Un intercambiador permitiría trasladar calor manteniendo separadas las corrientes, aunque añadiría equipos y necesidades de mantenimiento. Las corrientes marinas seguirían, además, transportando algas desde otros lugares.

La intervención térmica sobre el sargazo tendría que partir de esas respuestas. Podríamos gastar mucha energía y conseguir que creciera mejor. Comprenderlo a tiempo mejora la propuesta: obliga a buscar qué temperaturas, lugares y mecanismos podrían reducir realmente el daño, y a compararlos con la recogida y otras formas de gestión.

Huracanes y lluvias torrenciales: la ambición encuentra su mayor obstáculo

Intervenir sobre el agua que alimenta una tormenta lleva la hipótesis a una escala muy superior. Hay que actuar con antelación, sobre una extensión suficiente y a una profundidad relevante. Después, el fenómeno sigue moviéndose y respondiendo a la atmósfera.

James Hlywiak y David Nolan examinaron esta posibilidad en un estudio publicado en 2022. Sus simulaciones encontraron una reducción modesta de la intensidad de los ciclones incluso con enfriamientos oceánicos enormes y condiciones especialmente favorables. Los autores consideran inviable la estrategia dirigida que analizaron.

Ese resultado pesa sobre cualquier proyecto que prometa debilitar huracanes refrigerando su trayectoria. Aumentar la disponibilidad energética resolvería una parte de la cuenta; seguirían pendientes el volumen de agua, el tiempo de intervención y la respuesta del ciclón. Una tecnología futura tendría que demostrar cómo cambia esas condiciones.

En el Mediterráneo, el agua cálida puede aportar humedad y energía a episodios de lluvia intensa cuando la configuración atmosférica los favorece. Una DANA y un huracán responden a dinámicas diferentes. Para atribuir a un enfriamiento marino capacidad de reducir precipitaciones harían falta modelos y resultados específicos sobre ese mecanismo.

Investigar una infraestructura térmica para el mar

Mi tesis es que merece la pena estudiar hasta dónde podríamos intervenir sobre la temperatura del mar con tecnologías actuales y futuras. La respuesta puede variar mucho entre una costa, una zona de alto valor ecológico y una región oceánica. Esa diversidad debería ampliar la investigación y ayudar a decidir dónde tiene sentido invertir.

Podemos imaginar redes de bombeo, aprovechamiento de agua profunda, generación undimotriz y suministro eléctrico firme. Algunas combinaciones resultarían demasiado costosas. Otras podrían desplazar el daño. Quizá encontremos intervenciones útiles que hoy apenas estamos considerando porque pensamos por separado en energía, clima y gestión marina.

La abundancia energética cambiaría parte de esa conversación, pero el océano seguiría teniendo corrientes y ecosistemas. Enfriar la superficie mediante mezcla trasladaría calor hacia otras capas; extraerlo con máquinas exigiría descargarlo fuera de la zona tratada. Cada alternativa tiene una factura y un destino para el calor que debemos seguir hasta el final.

También habría que comparar estas infraestructuras con otras inversiones de adaptación y reducción de emisiones. Una instalación térmica tendría que ganarse su lugar por el daño que evita, su coste y sus efectos sobre el entorno. Su atractivo tecnológico sería un motivo para investigarla, no una razón suficiente para construirla.

Me parece razonable dedicar conocimiento y recursos a esa posibilidad. Si aspiramos a disponer de mucha más energía limpia, deberíamos pensar qué podríamos hacer con ella ante el calentamiento del mar. La pregunta merece ingenieros que calculen, oceanógrafos que expliquen el movimiento del agua y biólogos capaces de anticipar respuestas que nuestra intuición pasa por alto.

Enfriar el mar puede acabar significando cosas muy distintas según el problema. Averiguar cuáles funcionan exige conservar la ambición y llevarla hasta sus últimas consecuencias: cuánta agua, cuánto calor, qué energía, qué beneficio y quién recibe lo que desplazamos. Ahí está el trabajo que merece hacerse.

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