El libro de Éric Sadin me interesa porque señala algo que ya empezaba a molestarme: la facilidad con la que la inteligencia artificial puede convertir el pensamiento en una tarea delegable. No hablo de utilizarla para resumir documentos, ordenar información o acelerar un trabajo pesado. Hablo de algo bastante más silencioso: dejar de pelear una idea, buscar una frase, construir una opinión o atravesar la incomodidad de no saber qué pensamos todavía porque una máquina nos entrega una versión razonable en pocos segundos.
Ahí Sadin acierta. Y probablemente por eso he discutido tanto con él mientras leía El desierto de nosotros mismos.
Tal vez te interese: comprar el libro de Eric Sadin
Su desconfianza hacia la inteligencia artificial es mucho mayor que la mía o no, así lo deje reflejado en un artículo para IEBS sobre mi opinión sobre lo que iba a pasar en el trabajo. A ratos convierte una tendencia en destino y describe como inevitable una pérdida de autonomía que yo todavía no veo escrita en ninguna parte. Trabajo con IA todos los días y he comprobado precisamente lo contrario en muchas ocasiones: bien utilizada puede ampliar muchísimo lo que una persona es capaz de investigar, crear, programar o comprender. Pero también he visto cómo produce textos impecables en manos de alguien que no ha pensado apenas lo que está diciendo. Esa contradicción convierte el libro en una lectura bastante más interesante que otro ensayo dedicado a celebrar o condenar la tecnología.
Lo que Sadin ha visto bien
Sadin parte de un cambio que resulta fácil minusvalorar porque ChatGPT se ha incorporado a nuestra vida con una velocidad absurda. Hasta hace muy poco utilizábamos máquinas para automatizar cálculos, búsquedas, procesos industriales o tareas administrativas. Ahora les pedimos que redacten una opinión, preparen un argumento, expliquen un libro, contesten un correo delicado, diseñen una estrategia o nos digan qué hacer con un problema personal.
La diferencia merece atención porque algunas de esas actividades tenían un resultado visible y otro invisible.
Cuando escribo un artículo obtengo un texto. Durante el proceso también ordeno lo que sé, descubro lo que no sé, encuentro contradicciones y muchas veces termino pensando algo distinto de lo que pensaba al empezar. La página publicada es una parte del trabajo. La otra ha ocurrido mientras escribía.
Con la IA puedo conseguir parte del resultado sin recorrer necesariamente ese camino.
Esto lo veo cada día. Puedes pedir una reflexión y recibir una pieza perfectamente estructurada. Tiene introducción, argumento, matices y cierre. Incluso puede ser mejor que lo que habría escrito la persona que la solicitó. El problema llega cinco minutos después, cuando le preguntas por qué defiende aquello y descubres que el razonamiento nunca llegó a pertenecerle.
Sadin pone el dedo justamente ahí: hemos empezado a externalizar actividades que durante siglos habían servido también para formarnos.
El pensamiento hecho
Una de las referencias que más me ha gustado del libro viene de Charles Péguy. A comienzos del siglo XX hablaba del pensamiento hecho, de esas ideas recibidas que circulan perfectamente acabadas y nos ahorran la molestia de construirlas.
ChatGPT es una máquina extraordinariamente eficaz produciendo pensamiento hecho.
Preguntas por casi cualquier asunto y recibes una posición ordenada, razonable y suficientemente matizada. Puedes pedir argumentos a favor, en contra, una síntesis o una opinión personal. En treinta segundos tienes delante el andamiaje que antes habrías tenido que levantar.
Eso puede ser magnífico después de haber pensado. Lo utilizo constantemente así. Escribo una hipótesis, la enfrento a objeciones, busco qué se me escapa, pido que ataque un argumento o que encuentre información contradictoria. La herramienta me obliga entonces a ir más lejos.
El efecto cambia cuando la máquina llega primero.
Si antes de formular mi posición pregunto qué debería pensar, parto de un terreno ya preparado. Sigo siendo libre para modificarlo, pero una parte del trabajo intelectual ya viene empaquetada. Y los seres humanos tenemos una capacidad bastante notable para adoptar como propias ideas que nos llegan bien formuladas.
Esta parte de Sadin me parece especialmente certera porque la estamos observando antes incluso de que la tecnología alcance su madurez.
Hay frases del libro que parecen exageradas hasta que uno mira cómo usa la IA un alumno cansado
Dirigir una escuela de negocios hace que esta discusión deje de ser filosófica bastante deprisa. La inteligencia artificial es probablemente una de las mejores herramientas educativas que hemos tenido. Un alumno puede pedir otra explicación, practicar a cualquier hora, adaptar un ejercicio a su nivel, recibir corrección inmediata o mantener una conversación sobre algo que todavía no entiende. Utilizada de esa manera me parece extraordinaria.
También puede hacer el trabajo. Un estudiante recibe un ensayo. Antes tenía que leer, buscar fuentes, decidir qué pensaba, escribir una primera versión, equivocarse y corregir. Ahora puede introducir el enunciado y obtener ochocientas palabras aceptables en segundos.
El profesor recibe un documento mejor escrito. El alumno puede haber aprendido menos. Eso obliga a replantear muchas cosas que dábamos por supuestas en educación. Durante años utilizamos el producto final como aproximación al proceso. Si alguien escribía un buen análisis suponíamos que había analizado. Si resolvía un ejercicio, suponíamos que sabía resolverlo.
Con IA esa relación se debilita mucho. En IEBS llevamos tiempo pensando cómo utilizarla precisamente sin cargarnos aquello que queremos enseñar. Hay momentos en los que conviene que el alumno tenga ayuda. Hay otros en los que tiene que quedarse un rato delante del problema sin que nadie venga a rescatarlo. Esa frustración que tanto intentamos eliminar forma parte algunas veces del aprendizaje.
Sadin tiende a ver esta delegación como una pendiente peligrosa. Yo prefiero verla como una responsabilidad de diseño. Podemos construir sistemas educativos donde la IA entregue la solución o sistemas donde ayude a llegar hasta ella. El resultado para el alumno será muy distinto.
Donde empiezo a separarme de Sadin

El libro pierde fuerza cuando convierte una posibilidad técnica en una trayectoria social casi inevitable.
Sadin imagina una extensión progresiva de la delegación: escribiremos menos, decidiremos menos, la cultura se personalizará hasta encerrarnos en nosotros mismos y una parte creciente del trabajo intelectual acabará en manos de sistemas automáticos. Algunas de estas tendencias existen. El salto desde ahí hasta el desenlace que propone necesita bastante más evidencia.
La gente utiliza la tecnología de maneras imprevisibles. Inventamos el correo electrónico y acabamos recuperando las reuniones. Podíamos descargar cualquier canción del mundo y volvieron los discos de vinilo. Las cámaras digitales hicieron prácticamente gratis cada fotografía y seguimos valorando aquellas que decide hacer una persona concreta.
La IA va a sustituir muchas tareas porque ya lo está haciendo. También va a crear formas nuevas de trabajar que ahora vemos muy mal.
Yo mismo hago cosas gracias a estos modelos que antes no habría podido hacer o me habrían exigido una cantidad de tiempo absurda. Puedo contrastar una hipótesis con decenas de fuentes, programar algo sencillo sin ser programador, explorar un mercado desconocido o someter un texto a diez objeciones antes de publicarlo.
En esos casos no siento que piense menos. Pienso con una herramienta más potente. Yo lo llamo «jam sesions» de cocreación y es muy divertido.
Mi desacuerdo con Sadin está precisamente ahí. Él observa con enorme claridad el riesgo de sustitución y dedica bastante menos atención a la ampliación de capacidades.
La frontera difícil está en saber qué conviene conservar
Desde que leí el libro he empezado a fijarme más en qué tareas delego y por qué. Hay algunas que entrego encantado. No tengo ningún interés en volver a transcribir una reunión, ordenar manualmente una tabla o pasar horas limpiando información que una máquina puede procesar perfectamente.
En otras intento tener cuidado. Escribir una opinión es una de ellas. Investigar antes de decidir qué pienso también. Preparar una clase, leer un libro o discutir una idea forman parte de actividades cuyo valor está en el resultado y en el recorrido.
Esta distinción me parece mucho más útil que la discusión habitual entre tecnófilos y tecnófobos. La pregunta práctica que me deja Sadin es bastante concreta: qué actividades realizamos únicamente para conseguir un resultado y cuáles ejercitamos también porque nos interesa conservar la capacidad que desarrollan. Cuando ambas cosas coinciden, automatizar tiene un coste menos visible.
El trabajo junior plantea un problema parecido
Esta idea aparece con especial claridad en las empresas. Muchas de las tareas que primero estamos automatizando son precisamente las que hacían los profesionales jóvenes. Preparar documentación, revisar información, producir una primera versión, escribir código sencillo, montar presentaciones, resumir expedientes o analizar datos básicos.
Desde una hoja de costes tiene todo el sentido. Una IA puede hacer buena parte de ese trabajo deprisa y por muy poco dinero. Pero esas tareas tenían una segunda función. Enseñaban la profesión.
Un abogado junior aprendía revisando contratos. Un periodista empezaba con piezas pequeñas. Un programador recibía tareas sencillas antes de tocar una arquitectura compleja. Un analista construía hojas de cálculo durante años antes de tener criterio suficiente para cuestionar el modelo.
Si automatizamos buena parte de esa escalera tendremos que construir otra. Esta cuestión me preocupa mucho más que las listas de trabajos que supuestamente van a desaparecer. Una profesión puede sobrevivir perfectamente y, al mismo tiempo, perder los mecanismos mediante los cuales fabricaba profesionales experimentados.
Sadin no desarrolla exactamente esta tesis de la manera en que yo la plantearía, pero su libro me llevó hasta ella. Para mí, eso ya justifica una lectura.
Cuando la cultura empieza a parecerse demasiado a nosotros
Hay otra parte del libro que me ha dejado pensando: la personalización cultural. Spotify ya decide buena parte de lo que escuchamos. Netflix ordena qué películas veremos primero. TikTok aprende rápidamente qué consigue retenernos. Hasta ahora estos sistemas elegían entre contenidos producidos por otras personas.
La IA generativa añade la posibilidad de fabricar directamente aquello que encaja con nosotros. Una canción diseñada para mis preferencias. Una historia protagonizada por mis hijos. Una película cuya duración, actores o final se adapten al espectador.
Sadin ve en ello una cultura progresivamente encerrada en cada individuo. Puede que lleve la predicción demasiado lejos, pero hay una intuición que merece atención. Buena parte de las obras que más me han influido no estaban hechas para mí.
Me llegaron porque alguien me las recomendó, porque aparecieron por casualidad o porque otra persona decidió contar algo desde un lugar completamente diferente al mío. Muchas incluso me costaron al principio. Una cultura perfectamente adaptada corre el riesgo de eliminar precisamente esa fricción.
Quiero esperar a ver qué hacemos realmente con esa capacidad antes de dar por muerto el espacio cultural compartido. Pero tampoco descartaría el problema simplemente porque todavía suene extraño.
Un libro escrito desde la desconfianza que merece ser leído por los entusiastas
El desierto de nosotros mismos está claramente escrito desde la desconfianza hacia la dirección que está tomando la tecnología. Quien busque equilibrio entre ventajas e inconvenientes encontrará un ensayo desequilibrado. Sadin ha elegido un lado y escribe desde ahí.
Precisamente por eso creo que resulta especialmente útil para quienes estamos en el otro. Yo sigo pensando que la inteligencia artificial será una de las tecnologías más importantes y beneficiosas que veremos durante nuestra vida. La utilizo muchísimo y espero utilizarla todavía más. Esa posición hace que me interese leer a alguien capaz de señalar costes que quizá yo tiendo a minimizar.
No he terminado el libro pensando como Sadin. He terminado pensando más en cómo utilizo la IA. Y eso, en una época llena de libros que pretenden explicarnos exactamente qué ocurrirá dentro de cinco años, ya me parece bastante.
¿A quién se lo recomendaría?
A quien utilice ChatGPT, Claude, Gemini o cualquier otro modelo prácticamente todos los días. A profesores y responsables educativos. A directivos que estén automatizando tareas dentro de una empresa. Y especialmente a quienes sienten un entusiasmo considerable por la IA.
No hace falta compartir el diagnóstico de Sadin para aprovecharlo. De hecho, creo que funciona mejor cuando se lee discutiendo con él. Me quedo con una idea sencilla que el libro no formula exactamente así, pero que me ha acompañado desde que lo terminé: algunas tareas merecen desaparecer cuanto antes; otras producen algo dentro de nosotros mientras las hacemos.
Tal vez te interese: comprar el libro de Eric Sadin
Aprender a distinguirlas va a ocuparnos durante bastante tiempo.

Emprendedor tecnológico en serie y business angel. Socio fundador de Green Living. En el pasado fundé la Escuela Virtual de Empresa (UB y Grupo Planeta) e IEBS Digital School. Experto en Transformación Digital, Growth Marketing, RPA y Automatización.


